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6 Febrero 2015 | Empordà, Ampurdán | Eventos | Terroir | Viticultura

El renacimiento en el Empordà o la postadolescencia vínica

El Ampurdán es una gran postal envidiada por muchos y motivo de orgullo para otros. Sus paisajes han inspirado a multitud de artistas de aquí y de allá: por su belleza agreste e idílica, por sus cielos limpios y coloridos, con los que se podría crear todo un Pantone; por sus rincones poéticos y su gente, tocada por el genio de la Tramontana, un viento que lo altera y lo renueva todo al mismo tiempo. El Ampurdán es una tierra de mar y de montaña, como los mejores platos de su gastronomía. Pero, más allá de la postal, os invito a descubrir el Ampurdán como aquella tierra donde desembarcaron los griegos, una tierra de pizarras y granitos, abrazada por los Pirineos y el Mar Mediterráneo y curtida por el sol y el fuerte viento del Norte. Una tierra de vides que, enológicamente, ya ha florecido y se está sacudiendo los complejos.

 

Cuando hablamos de vino en el Ampurdán tenemos que remontarnos a muchos siglos atrás, porque la tradición vinícola nos viene de lejos. Después de los griegos y los romanos, sabemos que centros religiosos, como el monasterio de Sant Pere de Rodes, cultivaron la vid y eran grandes productores de vino. De hecho, existían viñas en una buena parte de las montañas de la Albera y en el final de los Pirineos, repartidas en terrazas, pero la Filoxera (1879) arrasó toda esta producción y buena parte de las vides que se replantaron, lo hicieron en la zona del llano, abandonando los mejores terroirs de ladera. Uno de los principales responsables de este cambio fue el creciente turismo que irrumpió en la zona en la segunda mitad del siglo XX. Coincidió además con el momento álgido de las cooperativas vitivinícolas que, a pesar de su gran valor social, aportaron más bien poco, desde un punto de vista enológico.

 

El renacimiento de la calidad del vino del Ampurdán se originó a finales de los años noventa, cuando algunos viticultores comenzaron a mostrar curiosidad por saber qué se hacía más allá de los Pirineos, a pesar de que este avance cualitativo se tradujo en una colonización de las variedades foráneas, no siempre plantadas en los lugares más adecuados. Con los años, y gracias a gente como Didier, de Mas Estela y a la exportación, hemos aprendido a revalorizar las variedades locales, los buenos terroirs y la viticultura ecológica o, al menos, aquella respetuosa con el territorio. Ésta es la dirección que han ido tomando en los últimos años la mayoría de bodegas de la zona. Cada uno asu medida y a su ritmo. Y éste es un cambio en el cuál yo creo profundamente.

 

 

La reconquista del Terroir ampurdanés

 

Una vez tomamos consciencia de que parte del terroir ampurdanés se había perdido, hemos empezado a trabajar, paso a paso, para recuperarlo. Por eso, nos hemos encaramado a las laderas, en busca de viñas viejas. Creemos profundamente en los suelos y sabemos lo que tardan en formarse. Queremos que las generaciones que vienen detrás, sean o no de la família, estén contentas con el legado que les dejamos. Queremos recuperar los Lledoners (Garnachas) profundos que se perdieron con la filoxera, queremos dar una nueva vida al Lledoner Roig (Garnacha Gris) para descubrir, al mismo tiempo, nuestras raíces más profundas. Porque tal y como dijo Dalí parafraseando a alguien, lo local nos hace universales. Y si queremos calidad, éste es el camino. Nos miramos en la cocina, que nos ha demostrado, muy cerca,  que la excelencia es posible.

 

                                                                           

Anna Espelt

Directora-enóloga Espelt Viticultors

 

 

(texto basado en la masterclass sobre la DO Empordà del 26 de enero en Monvínic)

                                                                                       

                                                                                                                           

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